No es fácil ser perro, ni dueño de perro, pero en Burlada todo se complica más. A la falta de zonas donde nuestros amigos puedan pasear sueltos, y digo pasear, no ser recluidos en unas jaulas perrunas, que están en un estado lamentable, en las que no se puede andar dadas sus reducidas dimensiones, y en las que la falta de espacio provoca altercados entre los mismos perros, especialmente cuando muchas veces están ocupadas por perros potencialmente peligrosos (o dueños deberíamos decir).
A todo ello, se une el acoso continuo que sufrimos por parte de la Policía Municipal de Burlada, que en aras del cumplimiento de la ordenanza municipal vigente vigila, acosa y, en ocasiones, denuncia a los propietarios de perros que se atreven a soltarlos. Ocurre esto incluso en momentos en los que las calles están completamente desiertas (de noche o a primeras horas de la mañana), momentos en los que sus dueños optan por dar un poco de la necesaria libertad que necesitan sus canes, siempre con el temor de que una pareja de policías municipales de paisano aparezcan a esas horas intempestivas para aplicarles el correctivo económico correspondiente, justificándolo con una excusa: “Quien lleva a los perros sueltos no recoge los excrementos”. Se trata de una falsedad muy repetida y carente de argumentos. He visto miles de dueños de “perros sueltos” siempre pendientes de cuando éstos defecan para, prestos, recoger sus desechos. Al igual que he visto otros tantos “dueños civilizados” que siempre llevan a sus perros atados, muchos de ellos con correas “flexis” de 7 metros de longitud (vamos, que no saben ni dónde está el perro) hacerse los despistados cuando sus perros defecan. Y es que ser guarro o civilizado no va ligado a la correa de un perro.
De los perros sólo nos acordamos cuando buscan a las personas enterradas por los aludes de nieve, cuando jugándose su propia vida se meten bajo los escombros para buscar supervivientes en los terremotos, cuando se lanzan al mar a salvar la vida de alguien que no conocen y que se está ahogando. Nos acordamos también cuando son los ojos de un ciego, las piernas de un minusválido o cuando hacen compañía a personas mayores. Pero, ¿quién se acuerda de ellos cuándo hay que buscarles un sitio para pasear en libertad o cuándo hay que buscarles espacios donde, sin peligro para nadie, puedan pasear sueltos a cualquier hora del día? Algunos, entonces, miran hacia otro lado, especialmente los gobernantes de Burlada, que mucho debieran aprender de otros municipios más comprensivos con estas necesidades. Incluso en el centro de la propia Iruñea se disponen de lugares para que estos nobles animales puedan correr en libertad: la Ronda Barbazana, partes del parque de la Media Luna y Taconera, además de todos los fosos de la Vuelta el Castillo, son zona de perros sueltos.
Burlata es grande y tiene varias zonas verdes donde cabemos todos. En espacios verdes
grandes, como son la Nogalera, los jardines junto a la variante, el camino por el paso del Arga o el hasta hece poco cerrado acceso hacia Erripagaña, se podrían habilitar lugares para que los perros pasearan sueltos, con caminos vallados o no vallados en los que puedan correr en libertad bajo nuestra responsable mirada.
Los animales de compañía forman parte de la vida de nuestros pueblos y ciudades, por lo que la labor de sus gobernantes debiera ser dar respuestas a las necesidades que en este ámbito se plantean. Si no quieren perros sueltos por Burlata, habiliten zonas adecuadas para que puedan ser empleadas, pero dejen de recurrir al autoritario método de las multas y dediquen sus policías a labores más productivas.







